La personalidad es la forma en que cada persona percibe el mundo, se relaciona con los demás y consigo misma. Es relativamente estable a lo largo del tiempo y define, en gran medida, cómo uno responde ante las situaciones de la vida.
Cuando esos patrones son tan rígidos, tan extremos o tan poco adaptativos que generan un sufrimiento significativo o interfieren de forma persistente en las relaciones, el trabajo o la vida cotidiana, hablamos de un trastorno de personalidad.
Es importante decirlo con claridad: un trastorno de personalidad no define a una persona ni es una condena. Es un patrón que se ha desarrollado, generalmente a lo largo de la historia vital, y que con el trabajo terapéutico adecuado puede cambiar de forma significativa.
¿Qué son exactamente los trastornos de personalidad?
No son una etiqueta que se pone a alguien que «es difícil» o que «tiene mal carácter». Son patrones profundos y persistentes de experiencia interna y comportamiento que se desvían de lo que se espera culturalmente, son inflexibles y se extienden a muchas áreas de la vida.
Se manifiestan en la forma en que la persona piensa sobre sí misma y sobre los demás, en cómo gestiona las emociones, en cómo se relaciona y en el control de los impulsos. Y generan un sufrimiento real, tanto para quien los padece como para quienes le rodean.
¿Con qué trabajamos?
No trabajamos con etiquetas sino con personas. Pero los patrones más frecuentes con los que trabajamos incluyen:
Inestabilidad emocional e impulsividad. Emociones muy intensas que cambian rápido, dificultad para regular la angustia, conductas impulsivas, relaciones muy intensas y volátiles, miedo intenso al abandono. Patrones que generan un sufrimiento enorme y que responden bien a enfoques terapéuticos específicos como la terapia dialéctico-conductual.
Dependencia y evitación. Dificultad para tomar decisiones sin el apoyo de otros, miedo a la desaprobación, evitación de situaciones sociales por miedo al rechazo o a la crítica, sensación crónica de inadecuación. Patrones que limitan profundamente la autonomía y la calidad de vida.
Perfeccionismo y rigidez. Exigencia extrema consigo mismo y con los demás, dificultad para delegar, preocupación excesiva por el orden y el control, rigidez en las normas y los valores. Cuando el perfeccionismo deja de ser una virtud y se convierte en una fuente constante de sufrimiento.
Desconfianza y suspicacia. Interpretación persistente de las intenciones de los demás como maliciosas o dañinas, dificultad para establecer relaciones de confianza, tendencia a guardar rencor y a percibir ataques donde no los hay.
Grandiosidad y necesidad de admiración. Sentido exagerado de la propia importancia, necesidad constante de reconocimiento, dificultad para reconocer las necesidades de los demás, reacciones desproporcionadas ante la crítica.
Distanciamiento emocional. Desinterés por las relaciones sociales, frialdad emocional aparente, preferencia por la soledad, dificultad para expresar emociones. Patrones que generan aislamiento y que a veces esconden un sufrimiento que no se muestra.
¿Cómo trabajamos?
Con rigor, con paciencia y con un enfoque a largo plazo. Los trastornos de personalidad no se resuelven en pocas sesiones, pero sí cambian con el trabajo terapéutico sostenido. La evidencia científica respalda enfoques como la terapia dialéctico-conductual, la terapia basada en la mentalización, la terapia de esquemas y la terapia cognitivo-conductual, entre otros.
El trabajo incluye siempre una evaluación en profundidad, la identificación de los patrones centrales que generan sufrimiento y un plan terapéutico adaptado a cada persona. No hay un protocolo único porque no hay dos personas iguales.
Una reflexión final.
Muchas personas que tienen un trastorno de personalidad han pasado años sin entender por qué sus relaciones siempre terminan igual, por qué el malestar no desaparece, por qué hacen cosas que saben que no les convienen y no pueden parar. La evaluación y el diagnóstico correcto no son una etiqueta: son el punto de partida para entender qué está pasando y empezar a cambiarlo.
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