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Quisimos una imagen que no se pareciera a lo que suele representar a la psicología. No hay cerebros, ni piezas de puzle, ni siluetas que se dan la mano. El foco no está en el síntoma ni en el mecanismo, sino en la persona y en su proceso.

En el centro hay una paloma en pleno vuelo. No está posada ni descansando: tiene las alas abiertas, en movimiento. Esa diferencia es importante para nosotros, porque no habla de un estado ya conseguido, sino de la capacidad de volver a moverse. En terapia no es el psicólogo quien resuelve la vida de quien consulta; es la propia persona la que recupera el impulso para avanzar, muchas veces después de un tiempo en que parecía haberlo perdido.

La paloma es, además, uno de esos símbolos que cada cual lee a su manera: paz, esperanza, libertad interior, un nuevo comienzo. No le hemos puesto una única interpretación a propósito. Quien quiera ver en ella una dimensión espiritual la encontrará; quien prefiera leerla como serenidad o como recomienzo, también. Sugiere sin imponer, y eso encaja con cómo entendemos el trabajo: acompañar sin dictar el sentido que cada persona da a su propia historia.

El ave vuela dentro de un círculo. El círculo es el espacio terapéutico: un lugar contenido, sereno y reservado donde detenerse sin juicio. Pero hay un matiz que nos importa: la paloma no huye del círculo, vuela dentro de él. La libertad que proponemos no consiste en escapar de la realidad, sino en habitarla con más sentido y menos peso. Trascender la dificultad no es evadirse de ella, sino aprender a vivirla de otra manera.

El color refuerza ese tono. Un gris azulado sobrio, que no es ni el azul intenso ni el gris frío, sino algo intermedio. No invade: acompaña. Y el blanco de la paloma sobre el fondo oscuro recoge una imagen sencilla pero cierta del proceso terapéutico: la claridad que va apareciendo después de la confusión.

Si tuviéramos que resumirlo en una frase, sería esta: un espacio seguro desde el que recuperar la libertad interior. Incluso después de las experiencias más difíciles, sigue existiendo la posibilidad de volver a desplegar las alas. Como recordó Viktor Frankl a partir de su propia experiencia, el ser humano puede conservar un margen de libertad interior aun en las circunstancias más adversas. Esa libertad es, en el fondo, lo que esta imagen quiere representar.